De Caracas a Falcón
Durante mucho tiempo fue una costumbre, casi tradición familiar, viajar a la ciudad de Coro a pasar la Semana Santa. Allí viven unos amigos de toda la vida, de esos que ya son familia y la pausa en los estudios y trabajos era la escusa perfecta para ir a visitarles y pasar vacaciones con ellos.

Es un viaje por carretera que dura unas seis horas, poco más, poco menos, que comienza al salir de Caracas por la Autopista Regional del Centro y su trájicamente célebre "Bajada de Tazón" en sentido este-oeste. Esta vía es transcurre por las montañas de nuestra cordillera de la costa, atravesando los Estados Aragua y Carabobo.
El paisaje es a ratos árido, al construir la autopista ha quedado la roca expuesta cual pared que quiere evitar que la vegetación absorba el camino. Otros tramos son muy verdes, pueden verse parcelamientos de haciendas con sus sembradíos y ganado. Particularmente notoria es la Hacienda Santa Teresa,
con sus ya característicos cocoteros sembrados formando una cruz. En esta hacienda se fabrica un rico ron y está abierta a las visitas del público, de hecho, hacen pequeños tours y espectáculos para entretener a los visitantes y turistas.
Del Estado Carabobo en adelante, se circula por carreteras más pequeñas y modestas en su construcción. Pero antes de abandonar este territorio, es imposible dejar de notar la Refineria de El Palito y Morón, complejos industriales en donde nuestro oro negro se convierte en algunos de los productos que nuestra economía vende y consume. El tamaño es imponente, y si se
pasa de noche parece una ciudad en plena fiesta, con gran cantidad de luces y movimiento, mucho ruido también. Ah, por cierto, si en El Palito no te detienes a comer empanadas, has perdido más de la mitad del viaje. Las típicas son de carne o queso, aunque puede que también las hagan de Cazón (una especie de pescado).
Pasando Morón y El Palito, la vegetación cambia. La carretera Morón-Coro surca regiones de vegetación más tupida, hasta que, casi de repente, vas rodando con el mar a tu derecha y una pequeña planicie a tu izquierda. Entre el mar y la carretera, casitas muy sencillas y hasta rurales que se alquilan a temporadistas y un "bosque" de cocotales. Aquí la vía es aturdidoramente recta, así que conviene llevar musiquita, o temas de conversación interesantes... o símplemente disfrutar del paisaje que se ve de lado y lado. Por cierto, hay varios "sube y baja" en la carretera y resulta divertidísimo mirar como se desvanecen los espejos de agua que por ilusión óptica se forman en la superficie de la vía.
Así, se va rodando y rodando... hasta arribar a Tucacas, pueblito que sirve de base
para hospedarse si se quiere visitar el Parque Nacional Morrocoy, el cual merece mención aparte.
Luego de un buen trecho de camino, al fin se arriba a la ciudad de Coro. Y aquí me detengo, porque quiero enamorarlos de esta ciudad, vital para la historia de mi país.
Ven a ver lo que yo veo y amarás lo que yo amo.


